¿Recuerdas
esa primera vez que montaste en bici? Estabas veraneando en la casa
del pueblo de tus abuelos. La tarde era muy soleada, y en el gran
patio trasero cogiste una antigua bici de tu hermana mayor. Con tus
seis años y un poco nerviosa, te lanzaste a la aventura. Al
principio, se te notaba de lejos lo decidida que estabas a montar en
ella, pero a medida que ibas perdiendo el equilibrio una y otra vez,
te desanimaste y pensaste que jamás conseguirías pedalear dos
metros sin caerte. Tu madre te decía que insistieras porque al final
todo se consigue con un poco de esfuerzo.
En
uno de los intentos, la bicicleta cogió tanta velocidad que caíste
hacia un lado, con tan mala suerte que te hiciste una herida en la
rodilla; te llevaste tal susto que saliste corriendo hacia la casa,
llorando y diciendo que no ibas a volver a coger una bici nunca más.
Pero tu padre fue tras de ti, y después de hablar mucho rato contigo
y a base de mucha paciencia, logró convencerte de que en la vida
cada vez que uno se cae hay que levantarse y demostrar que eres capaz
de hacerlo.
Al final de la tarde, una
enorme sonrisa iluminaba tu cara, ya que habías conseguido lo que
tanto te había costado. Al día siguiente, aunque resulte gracioso,
no querías separarte ni un momento de tu bici.
Anónimo
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