miércoles, 4 de noviembre de 2015

VERDADEROS AMIGOS

Jamás olvidará ese día en el cual estaba muy asustada. Después de la operación no pensaba que ninguno de ellos irían a verla, ni que la traeríais regalos, ni dedicatorias, nada, ni siquiera imaginaba tener tantos mensajes de Whatsapp como tuvo.

Recuerda sus caritas al verte en el hospital… esas expresiones que decían “puf, pobrecita”, “¿la dolerá?”, “¿se alegrará de verme?”. Pues sí, se alegró de verles, y mucho, más de lo que pensaban. Cuando entraron por la puerta, ella tenía cara de “acelga pocha”, pero al verles sonreír con tanta dulzura e inocencia, con tanta alegría y temor, no pudo evitar sonreír. Estaban muy nerviosos, querían saber si todo había ido bien, si ella se encontraba bien. No paraban de reír y de contarla todo lo que se había perdido con pelos y señales. Le trajeron una cartulina gigante con dedicatorias de todos, de los que pudieron ir a verla, y de los que no; incluso los profes habían firmado, no podía creerlo. Tras una tarde perfecta gracias a ellos, llegó el día en el que le dieron el alta. Se lo contó a todos y, en apenas dos minutos tenía el móvil repleto de mensajes como “¡me alegro un montón!” o “¡voy a verte ahora mismo!”. Y así fue, vinieron todos de golpe; se juntaron en su salón unos 20 niños y niñas que no paraban de reír y hacer el tonto. Durante los próximos días, siguió recibiendo visitas de sus amigos, y hablaban a todas horas. Fue realmente en esos momentos, en los que se dio cuenta de quiénes eran los de verdad, a quienes les importaba realmente.

A día de hoy, tiene la suerte de poder decir que esas personas a las cuales admira, quiere un montón, y fueron uno de sus mayores apoyos siguen a su lado actualmente. Es fácil llamar “amigo” a cualquiera, pero pocos saben quiénes son los de verdad. Y, pese a que ahora se junten menos que antes, o no hablen tanto, a la hora de la verdad siempre están ahí. Así que gracias.


Conocidos muchos, amigos como ellos pocos.

¡Hércules!...¿dónde estás?

Tienes cinco años. Te regalan para tu cumpleaños el juego de Hércules para la PS1. Consigues llegar al final del juego con ayuda de tu padre. Para ti el mejor jugador del mundo. Sin él no hubieras llegado ni a pasarte la primera partida. Hércules es el más fuerte y en una de las últimas pantallas lucha contra El Cíclope, que es gigante, gordo, con un ojo y feísimo. Tiene una cachiporra en la mano que con cada golpe vibraba el mando y tu corazón de cinco años se extremecia pensando lo que le podía hacer a Hércules si éste le pillaba. El Cíclope sólo repetía: ¡Hércules!...¿dónde estas?. Ves que tu padre maneja a Hércules como si fuese un dios haciendo frente al cíclope y ganando la partida. Desde ese momento, no dejas de oír en tu cabecita la cancioncilla de :¡Hércules...! Y mira por donde, ves una botella vacía de Coca-Cola de dos litros y eso de pronto se convierte en una cachiporra y tú te conviertes en El Cíclope. La cancioncilla empieza a sonar en tu cabeza y a salir de tu boca sin parar mientras das golpes a todo lo que encuentras sin ni si quiera darte cuenta de la cara de asombro de tus padres y la risa de tus abuelos que te recuerdan al cabo del tiempo que sólo decías:¡Hércules!...¿dónde estas? puff, puff, puff. Dibujando una leve sonrisa en tu boca cada vez que recuerdas aquello.

Un fin de semana inolvidable.

Fue a mediados de Junio. 
Estabas ansiosa por escuchar el timbre de fin de clases. ¡ Ya era viernes !. Por fin llegó ese momento trás estar toda la clase pensando en tus amigos y amigas y sobre todo en lo que llevarías en la maleta.
Estabas tan ilusionada que casi te olvidas la mochila en el aula de música.
Llegaste a tu casa con mucha prisa. Solamente paraste a comer tu plato preferido que tu madre te preparó  mientras escuchabas la televisión de fondo.
Despediste  a tus padres y a tu hermana con un largo abrazo,  y muy segura de ti misma, saliste de tu casa , sabiendo que te encontrarías a tus amigas a la vuelta de la esquina.Ves a tus amigas, te acercas a ellas y acto seguido os ponéis a gritar como locas : Rumbo al pueblo.
Ya sólo os quedaba dos horas de trayecto , pero hicisteis una pausa en Talavera para ver tiendas,  donde lo primero que se os pasó por la cabeza fue perderos por esas maravillosas calles.
Después de una hora , volvisteis al coche con una gran sonrisa en la cara y con las ganas de pasar un fin de semana inolvidable.

TU PRIMER CONCIERTO


Llevas todo el día temblando no sabes bien porque sientes algo que crees que son nervios creías que no te ibas a poner así pero lo haces,no llevas solo un día,llevas toda la semana,confirmas que sí,son nervios,pasan las horas y te preparas con muchas ganas de llegar al recinto y verlos salir,no sabes como será y si te harás adicto a escucharlos pero es una oportunidad que no podrás repetir,llegas allí y esperas unas horas,se te hace eterno y ellos se hacen derrogar,se apagan las luces y tu corazón va a mil por hora,se te escapan algunas lágrimas de la emoción y empieza a sonar la musica,te resulta difícil mantenerte en pie el cuerpo entero te tiembla y ahora solo quieres gritar,gritas y además muy alto,crees que te van a oír,los ves salir y empiezas a saltar a la misma vez que ellos,cantas sus canciones y gritas,muy alto,sacas tu cartulina,puede que la vean,no estas muy lejos,en segunda fila,sonríe y crees que te sonríe a ti,te sientes eufórica no tienes palabras,vuelves a casa con la emoción aun en el cuerpo quieres seguir saltando,coreando sus canciones,quieres que esa hora y media dure para siempre,tus padres te miran no pueden creer lo feliz que estas por haber ido a aquel concierto al que les suplicaste ir,la felicidad te inunda,no puedes parar de sonreír,te sientes capaz de llegar al fin del mundo,no sabes si volverás a verlos cantar pero esa noche a sido única y no puedes definir con palabras lo que has sentido,es algo especial,algo que no podrás repetir,ha sido tu primer concierto.

Anónimo 

Y al fin...

Y al fin se acercan esos días del año en los que eres un poco más feliz. En los que las luces, la ilusión y la niñez brillan más que nunca.
Todo era más emocionante cuando eras pequeña. Aquella noche, que después de inflarte a caramelos llegabas a casa ansiosa por dormirte lo antes posible y, cuanto más lo intentabas, menos podias. Pero entonces amanecia y otra vez los nervios te recorrian la tripa cual mariposa en primavera... ¡Habían llegado! Y estabas segura de que había regalos abajo.  ¿Y si aún seguian alli? Pensabas... bendita inocencia... Y con toda tu valentía, salías de la cama de puntillas y comenzabas a recorrer el pasillo lo más silenciosamente posible. Un escalón... dos... tres... aun no se ve nada... cuatro... cinco... un poco más... seis... Y que momento más bonito, en el que te dabas cuenta que portarse bien todo un año había merecido la pena. Y sonríes, y te brillan los ojos y entonces ya no te importa el silencio, ni siquiera los escalones que tienes que subir... -¡Yaiza, Yaiza!- y gritas más todavía -¡¡Que si, que han venido!!- Subes, corres atraviesas y esquivas todo lo que se te pone delante y arrastras a tu hermana fuera de la cama. Y otra vez, vuelves a correr, pero esta vez acompañada. Compartiendo felicidad, compartiendo emoción, compartiendo ilusión.

Anónimo

lunes, 2 de noviembre de 2015

El principio de un sueño cumplido

Es verano, el mes de junio concretamente. Tienes 5 años. Llevas meses preparándote para esto, tu primera actuación como bailarina. No sabes si lo haces bien o mal, solo sabes que disfrutas bailando. Has visto las actuaciones de bailarinas más mayores, "expertas", y con ojos centelleantes has pensado que quieres ser como ellas. Quieres desprender esa misma pasión en cada movimiento. Esas miradas que te infunden valor y te inspiran a seguir. Y una vez te lo has propuesto a ti misma, no piensas rendirte. Aunque todo esto son solo pensamientos fugaces que pasan por tu cabeza y a los que no les das muchas vueltas porque tu pequeña cabeza solo está pensando en divertirse. Pero entonces recuerdas como empezaste. Supiste que querías bailar poco después de aprender a caminar sin tropezar a cada paso, aunque en esos momento no sabías que lo que hacías tenía ese nombre. Bailar. La música hacia que empezaras a moverte  siguiendo el ritmo sin darte cuenta, no eras consciente, solo te dejabas llevar. No podías estarte quieta. 'Mira mamá, ¡mira lo que hago!', y tu madre reía y te felicitaba, alabando tus progresos. Entonces empezaste las clases. No tuviste ningún problema en hacer nuevas amistades. Carreras y risas entre clases y clase. Más de una vez te caíste, y aunque te hacías daño, siempre te volvías a levantar. Siempre esa sonrisa en tu cara pasara lo que pasara, porque sabías que si querías mejorar, primero debías aprender de tus caídas. Además, no te importaba quien te viera caer, ni lo que pensaran de ti, porque para ti eran señales de progreso. La emoción recorrió todo tu pequeño cuerpo ante la noticia de vuestra primera actuación en público, aunque sería solo para vuestros padres y los padres de los demás bailarines, te hizo mucha ilusión.
Volviendo al recuerdo principal. Acabas de recibir la noticia de que sois las siguientes en salir. Tiemblas de emoción. Impides que los nervios puedan contigo y te preparas para salir. Es como si fuera otro ensayo más, y lo vas a hacer como siempre. Abren la puerta del vestuario y salís todas en fila. Tu primer pensamiento se centra en lo espacioso que es el escenario . Te fijas en las caras de tus amigas y asientes. Todas parecen sentir lo mismo que tú, aunque a algunas les vencen los nervios, el resto está impaciente. Te sonríen y les devuelves la sonrisa. Miras al frente y ves abrirse el telón. Está a punto de comenzar. Miles de caras empiezan a verse claras. La mayoría desconocidas para ti. La música empieza a sonar y con ella, en tu cara aparece una brillante sonrisa. Ya ha ocurrido otra vez. Sin darte cuenta tus pies se están moviendo al compás, y eres incapaz de hacerlos parar. Te esfuerzas por recordar la coreografía, aunque por suerte vuestra profesora está en una esquina guiándoos. Afrontas cada paso con decisión e intentas poner en cada movimiento toda tu energía. Notas que la pasión que sientes se apodera de ti, tal como habías visto en tus compañeras "expertas". Vuestra actuación es recibida con muchos aplausos, risas, y a lo mejor alguna lágrima de orgullo. Acaba de acabar tu primera actuación, y te sientes imparable. Sabes con certeza que no va a ser la primera y única vez que bailes. Y tenías razón.

Una tarde bajo los cerezos

En alguna nublada tarde perezosa de octubre, tú estabas con tus amigos en frente del hospital de la ciudad. Estabais hablando de cualquier cosa, mientras los minutos pasaban sin avisar nunca, llevando la velocidad más alta jamás registrada. Cansada de estar tanto tiempo en pie, sugeriste ir hacia una parte un tanto alejada donde había hierba y unos cuantos cerezos. Los tres caminasteis ahí y os sentasteis formando una especie de pequeño triángulo. Quizá había una ligera brisa dejando escapar algunos cabellos rebeldes y dando un ligero rubor a tus mejillas. Estaba oscureciendo y las luces de la ciudad ya estaban brillando tenuemente. Después de acomodarnos completamente en la hierba hablasteis un rato sobre nada en concreto y de todo a la vez, cuando uno de tus amigos sacó la viola de su estuche y la acomodó en su regazo a modo de guitarra. Los tres reísteis y él comenzó a tocar una melodía cualquiera, pero conocida para vosotros de modo que comenzasteis a cantar, mientras cada uno de vosotros recordaba en silencio viejos tiempos en los que esa melodía era nueva y tocada; escuchada. Si cualquiera mirara desde fuera, vería a tres compañeros, tres amigos que se conocieron sin quererlo y se hicieron necesarios para el otro. Vería a tres personas bajo los cerezos, sentados en la hierba en frente del hospital, tocando la viola, cantando y riendo, mientras los últimos rayos de sol les alumbraban. Probablemente fuera el mejor momento de tu vida, o de esas cosas que no tienen importancia pero son uno de esos recuerdos que siempre tendrás, de esos que no se olvidan sin ninguna explicación. Y muchas veces te decías a ti misma, ojalá esea nublada perezosa tarde de octubre, volviera a repetirse. Pero, pensándolo bien, si se repitiese no tendría el mismo valor que tiene un recuerdo vivido una sola vez.